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25 de junho de 2010

Valentín

Un niño que enfrenta la crueldad del mundo de los adultos



Cualquier uno que tuvo infancia sabe que nos es fácil crecer y encarar los problemas de la vida. Cuando chicos, somos protegidos por los adultos, que nos mantienen aislados en un mundo de fantasía. Entonces, de un día a otro, todo en lo que creíamos se derruí y pasamos a no entender más nada. Mientras el mundo nos desengaña, perdimos la fe en nuestras propias creencias. ¿Quién nunca ha deseado vivir eternamente en la dulce infancia? No siendo ello viable, ¿sería mejor depararnos con toda la realidad del mundo y de la sociedad desde que nacimos? ¿Tendríamos fuerza y madurez para soportar la verdad? Por otro lado, ¿será que la vida de los niños es realmente tan fácil y feliz?

La película Valentín, dirigida por Alejandro Agresti, hace sus espectadores reflexionaren sobre todo eso e una forma tan interesante como dolorosa. Después de los longas-metrajes El hombre que ganó la razón, Buenos Aires Viceversa, La Cruz y El viento se llevó lo que, Agresti decidió basarse en su propia infancia para contar la historia de un niño de nueve años que vive en los años sesenta y que ve sus creencias se derrumbaren poco a poco de acuerdo con los problemas que enfrenta. La película es narrada a través del punto de vista de Valentín, interpretado por Rodrigo Noya, que cuenta su propia historia y revela sus angustias tan profunda y verosímilmente que parece que somos nosotros quien estamos vivenciando aquella situación. La actuación de Rodrigo es tan sublime y cautivante que incita reflexiones sobre como un niño tiene la capacidad de absorber tan profundamente el dolor de problemas que jamás ha vivenciado. Principalmente cuando vemos que, aunque tope con situaciones en las cuales no sabe exactamente como provenir, Valentín demuestra una madurez casi irreal para encararlas. Digo casi porque, aunque para algunos la sensatez del protagonista pueda parecer falsa, ya he conocido niños dotados de una comprensibilidad aparentemente tan increíble como la de el. Ciertamente el director compuso su personaje con base en las reflexiones que tiene hoy en día de su pasado, lo que podría hacer el filme perder la ingenuidad de las observaciones del niño tal como niño. Pero, en ningún momento el toque adulto de Agresti torna artificial la película. Interponiendo momentos de madurez y momentos de total incomprensión y inconformidad con la vida, Agresti compone el niño con ingenuidad en medida cierta para dar verosimilitud al personaje.

Valentín vive con su abuela – que gana vida en la película a través de la brillante actriz española Carmen Maura – pues, desde que sus padres se separaron, su madre está desaparecida y su padre está siempre tan ocupado que dedica poquísimo tiempo a él. La única persona de su familia con quien el muchachito puede contar es su abuela. Por ello, él empieza a desesperarse cuando se da cuenta de que ella no está muy bien de salud. A lo contrario de lo que parece hasta aquí, la vida del niño no es sólo aflicciones, pero también sueños con su futuro. Valentín pasa sus días entrenando para ser astronauta, escuchando algunos de los sucesos del pop rock argentino de la época, poniendo atención a las historias melancólicas de su abuela y huyendo de ella para aprender a tocar piano con su amigo y vecino Rufo, que a pesar de ser mucho más viejo que Valentín, parece identificarse demasiado con él. Además de ello, llama la atención en la película la forma como Agresti introduce cuestiones sociales de la época – por ejemplo, el viaje del hombre a la luna y los prejuicios a los judíos y comunistas – las vinculando a cuestiones del diario del niño y de las personas que conviven con él. En medio a todo eso, Valentín se va conociendo y preparando la narrativa para un final sorprendente.

La película encanta principalmente por su simplicidad, pues, aunque a la mirada se note una razonable estética y lenguaje, lo que más cautiva es la estupenda actuación de los actores y la naturalidad como trata un tema tan amargo, que asola la vida de muchos niños. No fue por nada que fue considerada la mejor película argentina del año de su lanzamiento. Es de quitar el resuello de cualquiera.



Por Aline Duvoisin, del blog Pinceladas

Natassia

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